SOFISTAS DE LA “POLIS” Y SOFISTAS DE HOY

“La política es, quizá, la única profesión para la que no se considera                                                                                                                                                               necesaria ninguna preparación” (Robert Louis Stevenson).

Si se pagara por la mentira, Casado y Abascal, ya serían millonarios sin contar sus sueldos. Y Rivera, estaría cerca de la millonada, a pesar de no querer salir en la foto con el ultra Abascal. Las apariencias de los tres engañan, porque  la decencia todavía hoy es reputación de la buena política. A los tres hay que refrescarles la memoria y evocarles las palabras de Abraham Lincoln (1809-1865), político y presidente de los Estados Unidos de América: “Es posible engañar a unos pocos todo el tiempo. Es posible engañar a todos un tiempo. Pero no es posible engañar a todos todo el tiempo”.

Se miente y se habla sin mesura. Incluso, ya ni se desmiente la mentira política. Hasta los más defensores del dogma político de la derecha, del nacional catolicismo y del propio evangelio, que dicen practicar, se han olvidado de esta frase del evangelio de Juan (8,31-32): “Sólo la verdad os hará libres”. Si no hemos desdeñado nuestros principios castellanos, el diccionario esencial de la lengua española nos recuerda lo que es la verdad: Conformidad entre lo que una persona manifiesta, piensa, siente y experimenta. Es decir, decencia y no indecencia, que no es más que coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace.

La mentira y el engaño recuerda a los sofistas (1) (sophia=sabiduría y sophos=sabio), que desarrollaban su actividad en la Atenas democrática (siglos VI-IV a. C.), ejercían una función educadora e instruían a quien aspiraba al poder democrático. Fueron expertos en retórica (2) y oratoria, pero, con el paso del tiempo, desinflaron su sabiduría y su inteligencia volviendo el lenguaje  maleable, priorizando el concepto de utilidad crematística (monetario y financiero), enseñando la virtud como la capacidad de ser eficaz en política y  reportándoles su capacidad dialéctica, éxito social, económico y político. Y de sabios pasaron a ser embaucadores, charlatanes y tramposos. Tampoco les importó la verdad. Su ciencia no buscaba la verdad real o moral de las cosas, sino la simple apariencia del saber. Más que buscar la verdad, su finalidad era evidenciar las incoherencias de la argumentación del adversario. El sofista Gorgias de Leontinos (485 a. C.-380 a. C.) llegó a afirmar que “con la palabra se puede envenenar y embelesar”. Sócrates (470 a. C.-399 a. C.) los denunció por tramposos y falta de rigor y de él fueron estas sentencias, recogidas por Platón (427 a.C.-347 a. C.): “Sólo es útil el conocimiento que nos hace mejores”; “Si quieres gozar de una buena reputación, preocúpate en ser lo que aparentas ser”; “No hagas a otros lo que te enfurecería si te lo hicieran los demás”.

La diferencia de los sofistas griegos con los sofistas  Casado, Rivera y Abascal  es que aquellos eran instruidos, maestros y proporcionaban técnicas de discusión, de dominio de la palabra y del poder de la palabra y estos sofistas de hoy no son intelectuales, solo tienen “másteres” y buscan con la propaganda, la charlatanería, el insulto y la falsedad  alcanzar el poder. Insultan cuando no tienen razones ni argumentos. Es su objetivo. Aparentando ser correctos, hacen fortuna, escalan socialmente a costa de los ignorantes, obtienen prebendas y favores y prefieren la mentira para justificar su ansia de poder. No quieren diálogo y prefieren la confrontación no dialéctica. Con la dialéctica perderían. Son los amos de las banderas y las priorizan al bienestar social. Es mejor la “rojigualda” que subir el salario de la dignidad humana y económica. Así los describe Arsenio Escolar, periodista, en eldiario.es: “La estrategia de algunos dirigentes y periodistas de la nueva derecha y vieja derecha: deslegitimar por sistema al adversario y mentir reiteradamente y sin complejos, envenenar el debate público, romper la convivencia, fraccionar a la sociedad y, en definitiva, debilitar la democracia” (11/Febrero/2019). La manifestación de la derecha y extrema derecha española en Colón (Madrid), del 10 de Febrero eso evidenció: fracaso de la política y el consenso, fracaso de periodistas que dieron “betún” a las derechas, endiosamiento del fanatismo ultra y suspiros por el nuevo frente nacional.

Es evidente que con los sofistas de  la democracia ateniense  y con los sofistas políticos de hoy, los Casado, los Rivera y los Abascales, es muy difícil, si no imposible, hacer compatible la política y la moral. Pero no sólo con estos  políticos, también con los grupos financieros y con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que sin ser político, tiene que garantizar, sin conseguirlo, el equilibrio entre políticas de estabilidad en el intercambio de divisas, el comercio internacional y la reducción de la pobreza, para contribuir a una economía más justa. No es político el Fondo, pero hace política de derechas, pidiendo recortes en el gasto social público y orienta al sector privado y al mercado. Más que reducir el Estado, el objetivo es ocuparlo y ponerlo al servicio de las grandes corporaciones, además de pedir que se promuevan los fondos privados de pensión, como señalaba Fernando Luengo, en Infolibre, el 6 de Febrero de este 2019. Y como buen sofista, sin ilustración, ahí estaba Pablo Casado para apuntillar a los ciudadanos: “Si queremos financiar las pensiones, debemos pensar en cómo tener más hijos, no abortar”, confundiendo churras con merinas. Acertadamente, el filósofo y sociólogo británico Beltrand Russell (1872-1970), escribió: “Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Algunos políticos por hacer lo posible imposible”. Parecería que hubiera conocido a los actuales dirigentes de las derechas y ultraderecha española.

Así con todo. Para qué la verdad si, sin ella, podemos alcanzar el poder. Qué más da el prestigio moral, si con él y con la conciencia, nos alejamos  de la Moncloa, claman repetidamente estos “ilustres” sofistas de la derecha y extrema derecha española.

El término peyorativo de “sofista” coincidió en la Atenas democrática con un incremento de la suspicacia de los atenienses hacia los que mostraban una mayor inteligencia y cobraban por persuadir. Hoy, este término, al contrario que en la Atenas democrática de aquellos siglos (VI-IV a. C.), es aplaudido por los ultras y la derecha, casi toda franquista, y no importan las mentiras que, como nunca, unos las dicen de los otros. A los sofistas poco instruidos, pero con másteres, léase Casado, Rivera y Abascal, se les aplaude y se les agradece los insultos dirigidos al opositor político de izquierdas. Se han hecho virales los adjetivos que Casado, el niño “bien” de las derechas, ha pronunciado un día sí y otro también contra Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno: estafador, presidente ilegítimo, okupa de la Moncloa, ultra, felón, traidor, irresponsable, rehén de delincuentes, incompetente, mentiroso… y un sinfín de improperios más. Rivera habla de estafa y Abascal nos recuerda que cualquier tiempo pasado fue mejor. El juego limpio político para los sofistas siempre es juego sucio. ¿España está humillada?… sí, por los mentirosos. Escribió Voltaire (1694-1778), filósofo y escritor francés: “A vos os corresponde destruir al infame político que convierte el crimen en virtud. La palabra político significaba, en su origen primitivo, ciudadano; y hoy, gracias a nuestra perversidad, ha llegado a significar el que engaña a los ciudadanos. Devolvedle, Señor, su antiguo significado”.

Es la hora de la dignidad… cuando hay un comportamiento político que más parece una avalancha de barro. Se nos va la democracia de las manos y también se va cuando un político convierte a quien no piensa como él en traidor a la patria y cuando se abandona uno a calumnias y disparates y mentiras que caen de la boca de políticos mediocres y de redes de comunicación falaces que aplauden al embustero”. Se expresaba así Luis García Montero, en “Cuando la política se nos va de las manos” (3/02/2019, Infolibre).

¿Nos merecemos a estos sofistas los españoles? Claro que no.

 

Claudio Martín Benito.

 

(1)  Sofisma: Argumento que, partiendo de premisas verdaderas o tenidas por tales, desemboca en una conclusión falsa o difícil de refutar, con la que se pretende engañar o confundir al interlocutor. Hacer pasar lo falso por verdadero.

(2)  Retórica: el arte del “bien decir”, o la habilidad técnica para expresarse de forma adecuada. Oratoria: arte de hablar con elocuencia. Facultad de hablar o escribir de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir.

 

 

 

 

 

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